Preparación de alfombras en la edición de 2024 de la muestra escolar de Candelaria.
En Candelaria, la llegada de la primavera encontró una forma de entrar a la escuela por los patios: dibujos hechos con flores, semillas y otros materiales vegetales. Las alfombras florales del BOP 5 Juan Martín de Pueyrredón nacieron en 1989, a partir de una propuesta de la docente Edita Muzard de Ayala. Su historia permite recorrer una celebración estudiantil que fue sumando a familias, comerciantes y vecinos de la antigua capital misionera.
La profesora de Ciencias Sociales había conocido durante un viaje al exterior una tradición de alfombras vinculada con celebraciones religiosas. En Candelaria la adaptó a otro calendario y a otros protagonistas: la primavera, la semana del estudiante y los cursos del secundario. El cambio de contexto dio lugar a una práctica propia, organizada alrededor de la vida escolar.
Años después, Carlos Rovira impulsó la declaración de interés provincial de la edición prevista para septiembre de 2017. La Cámara de Representantes registra la iniciativa como sancionada. Ese reconocimiento legislativo tuvo por destinataria una experiencia que la comunidad educativa ya venía desarrollando; la creación de las alfombras corresponde a la docente y al trabajo posterior de estudiantes y profesores.
El dibujo empieza antes de colocar los pétalos
La elaboración de cada alfombra requería una decisión compartida. Los alumnos de un curso elegían un diseño después de considerar las propuestas del grupo. Recién entonces podían distribuir las tareas y reunir los materiales que necesitaban para llevarlo al suelo. La participación admitía aportes distintos: algunos conseguían flores, otros dedicaban su tiempo a armar la composición.
La base era de arena. Sobre esa superficie se trasladaba el dibujo y se acomodaban los elementos vegetales, aprovechando diferencias de forma y color. Las rosas, las coronitas de novia y las flores de ceibo aparecían entre los materiales empleados, junto con semillas y piñas. El resultado dependía de lo que cada división pudiera reunir, ordenar y combinar durante la jornada.
Trabajar con flores frescas imponía otro ritmo. Para conservarlas mientras avanzaba el armado, los estudiantes las rociaban con agua. La tarea tenía una duración acotada y exigía cuidar una composición que podía cambiar con el paso de las horas. Ese carácter efímero formaba parte de la experiencia: el esfuerzo de preparación desembocaba en una exposición que debía disfrutarse durante la celebración.
Las alfombras se construían entre compañeros, a la vista de docentes y familiares. La escuela reunía durante el día a personas que habitualmente participaban de su vida en momentos diferentes. También disponía de un centro de actividades juveniles con propuestas deportivas, recreativas y teatrales, de modo que la jornada floral se sumaba a otras formas de encuentro dentro de la institución.
Los vecinos entran en la celebración
En los preparativos de la edición de 2017, la colaboración alcanzaba a las casas de Candelaria. Los estudiantes recorrían la localidad para pedir flores y completar los materiales de sus diseños. Esa circulación vinculaba el trabajo del aula con los jardines y los aportes de las familias, sin exigir que todos participaran del mismo modo.
El acompañamiento barrial también ayudaba a conseguir los premios. Vecinos y comerciantes, junto con la Municipalidad, contribuían a reunirlos. La competencia se organizaba por categorías para contemplar las edades y los recorridos educativos de quienes realizaban las obras. Primer y segundo año integraban un grupo; tercero, cuarto y quinto, otro. El turno nocturno de jóvenes y adultos tenía su propia categoría.
La división por niveles permitía reconocer trabajos elaborados en situaciones escolares diferentes. A la vez, cada premio estaba pensado para el curso, porque la alfombra se presentaba como una obra colectiva. El diseño elegido, la obtención de materiales y el armado requerían acuerdos que excedían la habilidad individual para dibujar o decorar.
Qué miraban los docentes al elegir
La evaluación no terminaba en la imagen final. Los profesores consideraban la originalidad y la creatividad, pero también el trabajo en equipo, la responsabilidad, el respeto y la limpieza. Esos criterios conectaban la exposición con las condiciones en que había sido realizada: repartir tareas, cuidar el espacio compartido y completar la actividad entre compañeros incidía en el reconocimiento.
La higiene y el orden tenían una presencia concreta en una propuesta que ocupaba instalaciones escolares con arena y materiales vegetales. Al incluirlos en la evaluación, los docentes incorporaban el cuidado del lugar al trabajo artístico. La responsabilidad de cada grupo abarcaba tanto la preparación de su alfombra como la convivencia con los demás cursos durante la jornada.
Para quienes recorrían Candelaria, la celebración ofrecía una oportunidad de acercarse a una práctica cultural surgida de la escuela. Su interés estaba en observar los diseños y conocer a la comunidad que los producía. Las alfombras no podían separarse de ese origen: la iniciativa de Edita Muzard de Ayala y la participación sostenida del BOP 5 explican la forma que tomó la actividad.
La declaración provincial de 2017 se dirigió a esa edición de septiembre y contempló comunicar el reconocimiento a las autoridades educativas, a la Municipalidad y al propio bachillerato. En la historia de las alfombras, ese trámite quedó asociado a una celebración que ya tenía décadas de recorrido y que reservaba un lugar diferenciado para los alumnos del turno noche, junto con los cursos diurnos del secundario.




